Muchos
hemos oído de la existencia de Emma Goldman pero
pocos la conocen a través de la escasa bibliografía
publicada en español. Desconozco incluso si se
ha traducido su autobiografía.
Las siguientes
notas están basadas en dos libros: La hipocresía
del puritanismo y otros ensayos de Editorial Antorcha,
1977, y Tráfico de mujeres y otros ensayos
sobre feminismo con prólogo de Alix Shulman,
Editorial Anagrama, 1977.
La razón
por la cual hablo de esta mujer es porque considero
que sus posiciones como feminista y anarquista tienen
una fresca actualidad. Hace aproximadamente cien años,
Emma Goldman vivía conforme a lo que pensaba:
luchaba cotidianamente por un mundo libertario y era
una crítica feroz contra todas las explotaciones
y esclavitudes -incluyendo la de las mujeres- que vivía
en carne propia.
Las ideas
de Goldman sobre el puritanismo, la liberación
de la mujer, el amor, el matrimonio, la prostitución
y el sufragio femenino, entre otras, no sólo
tienen una vigencia sorprendente sino son el reflejo
de una radical concepción revolucionaria desprovista
de concesiones reformistas.
No dudo
que sus ideas escandalicen todavía hoy a más
de uno o una. Por ejemplo, su concepción del
amor y del matrimonio, cuando nos señala que:
“El
matrimonio y el amor nada tienen en común; uno
y otro están distantes, como los polos (...)
son completamente antagónicos. No hay duda que
algunas uniones matrimoniales fueron efectuadas por
amor; pero más bien se trata de escasas personas
que pudieron conservarse incólumes ante el contacto
de las convenciones. Hoy en día existen muchos
hombres y mujeres para quienes el casarse no es más
que una farsa, y solamente se someten a ella para pagar
tributo a la opinión pública.”
(p. 50)
Hoy podemos
agregar que no sólo esta farsa termina con el
amor en el matrimonio, sino que éste se concibe
en nuestra sociedad como la propiedad legal de las personas,
propiedad que acarrea celos, castración de la
pareja, relaciones simbióticas y todas las tragedias
familiares.
En la
época de Emma el matrimonio era netamente un
pacto económico, hoy no lo es tan claramente
pues las mujeres de la “clase media”, y
las trabajadoras, la mayoría de las veces trabajan
aun casadas.
Se sigue
considerando como entrada fundamental la del hombre,
aunque esto empieza a cambiar. Goldman habla no sólo
de la dependencia económica de la mujer al marido,
sino de la dependencia a todos niveles: a su parasitismo,
a considerarla inútil, inmadura a la que hay
que cuidar.
En fin,
una relación indigna para cualquier ser humano
que le coarta la libertad de ser.
Emma contrapone
al matrimonio como institución castradora de
hombres y mujeres, el amor libre, un amor que no necesita
de un tercero legal para realizarse, un amor que no
es un trueque de servicios productivos: “te
mantengo pero me cocinas, me lavas, me planchas, me
das hijos,” etcétera, un amor donde
cada elemento de la pareja es autónomo, se realiza
como individuo, con vida propia, desarrollando todas
sus facultades e intereses e incluso la maternidad libre,
elegida cuando se desee y con el número de hijos
que se convenga.
Tal vez
una concepción todavía ideal del amor
pues en esta sociedad incluso el amor libre se encuentra
lleno de trabas y esclavitudes: las personas se siguen
poseyendo, existen todavía los celos enfermizos,
etc. “El matrimonio no es más que una
válvula de escape contra el peligro del despertar
del sexo femenino”, dice Emma, y es una válvula
férreamente custodiada por la Iglesia y el Estado.
Es difícil
imaginar que se rompiera esta válvula. Tal vez
sería un caos pero un caos lleno de vida y frutos.
Para Goldman el amor es libre, sólo así
se puede dar, por eso es difícil encontrarlo
y hacer que dure. Las
ideas de Emma Goldman, sobre todo las referentes al
amor y al sexo, nos vienen como anillo al dedo en esta
época de reauge del moralismo y del puritanismo.
La aparición
del SIDA viene a ser el pretexto perfecto para enarbolar
la monogamia y el matrimonio como únicos medios
para encontrar el amor.
Si durante
los años sesenta y setenta, el feminismo, las
comunas, los hippies empezaban a contraponer propuestas
amorosas nuevas al matrimonio tradicional, hoy esta
enfermedad “del Demonio” es la coartada
ideal para regresar al carril a los “descarriados”
inmorales, léase, sidosos, homosexuales, lesbianas
o simplemente que ejercen su libertad sexual.
Para Emma y para el filósofo Hipólito
Taine está claro que “el puritanismo
es la muerte de la cultura, de la filosofía y
de la cordialidad social; es la característica
de la vulgaridad y de lo tenebroso” (p. 49)
En cuanto
al sufragio femenino y la emancipación de la
mujer, Goldman es clara: hasta ahora ambas cosas han
sido meras reformas más o menos cumplidas. Las
mujeres no han logrado mucho al poder votar, al obtener
un trabajo o en otras palabras, “ser explotadas
como los hombres”.
Muy por
el contrario, a las mujeres se les ha aumentado la carga
de trabajo (con eso de la doble o triple jornada), ellas
se pelean más con sus maridos, novios, etc.,
e incluso han dado bandazos y han olvidado cualidades
femeninas dignas de rescatarse como la sensibilidad,
y han descuidado en ocasiones responsabilidades como
la educación a los hijos, etc.
Emma subraya
la importancia para las mujeres no sólo de luchar
contra las tiranías externas (derechos, trabajo,
etc.) sino sobre todo contra las internas, es decir,
las convenciones éticas y sociales, el moralismo,
el puritanismo, las costumbres que traemos arraigadas
por generaciones. Lo que dirá papá, mamá,
mi tía, el patrón, etc., es decir, los
“carceleros del espíritu humano”.
Y concluye Emma: “el derecho del voto, de
la igualdad de los derechos civiles, pueden ser conquistas
valiosas; pero la verdadera emancipación no empieza
en los parlamentos, ni en las urnas, empieza en el alma
de la mujer.” (79)
Necesita
una regeneración interna, cotidiana que corte
el lazo de los prejuicios, las tradiciones y costumbres
rutinarias. Debe considerar al hombre como compañero
de lucha pues ambos son esclavos.
Veamos
ahora, algo de su vida.
“Emma la roja”, como era conocida esta feminista-anarquista,
nació en un ghetto judío de la Rusia zarista
en 1869. Su padre no vio con agrado que su primogénita
fuera mujer y los golpes que le daba se le grabaron
a Emma como “la pesadilla de su infancia”.
La madre
cuidó su sexualidad con rigor de monja. No sólo
la amenazaba y castigaba cuando se “tocaba allí”,
sino que cuando le vino su menstruación, le pegó
una bofetada y le dijo: “es lo que necesita una
joven cuando se convierte en mujer, como protección
contra la desgracia”. Palabras que resonaron en
la mente de Emma durante muchos años
En la
escuela sobresalía pero su conducta era lamentable,
así que no se le admitió en la secundaria.
Cuando Emma tenía trece años, ella y su
familia -de escasos recursos- se trasladaron a San Petersburgo.
Al poco tiempo dejó la escuela y entró
de obrera en una fábrica. En 1882 el zar ya había
sido asesinado y se avecinaba la revolución.
Emma supo que en Rusia existían mujeres que vivían
para ellas mismas y para la revolución, no para
los hombres.
Eran
mujeres como Vera Figner, Vera Zasúlich, entre
otras, que sin dejar de ser feministas, fueron populistas
y luego terroristas. Emma convirtió a estas rusas
en su modelo.
El padre
decidió casar a Emma a los quince años.
Como era la costumbre, Emma pasaría de la tutela
del padre a la del marido. Ella protestó, argumentando
que quería viajar, aprender, estudiar, a lo que
respondió el padre que las mujeres sólo
debían saber cocinar y dar muchos hijos al marido.
Emma huyó a América hacia 1884 y se fue
a vivir a Rochester, con su hermana. Entró a
trabajar a una fábrica y allí conoció
a Jacob Kershner, un inmigrante. Se casó con
éste más que nada por sentirse sola y
pronto el matrimonio se odió y disolvió.
En esa
época empezó a interesarse por el anarquismo.
En Rochestaer solía asistir a reuniones socialistas.
Pero lo que la radicalizó fue el horror que sintió
cuando juzgaron y condenaron a ocho anarquistas acusados
de arrojar una bomba contra un grupo de policías
en Chicago.
Éste
y otros juicios a los anarquistas demostraba que se
les juzgaba no por crímenes, sino por sus actividades
obreras y sus pensamientos.
La noche
en que lincharon a cuatro anarquistas en 1887, Emma
experimentó una profunda conversión, para
ella fue como comenzar a vivir.
Divorciada,
con veinte años y viviendo en Nueva York, Emma
empezó su larga carrera de anarquista. Johann
Most era uno de los líderes más famosos
y uno de los mejores oradores. Entrenó a Emma
para sucederlo en la tribuna y ella aprendió
mucho de él, hasta que no soportó más
su autoritarismo y su machismo.
Al romper
con él, provocó una escisión en
el movimiento anarquista norteamericano. En este momento,
el anarquismo brindó a Emma una base teórica
para su feminismo. Comenzó a considerar el matrimonio
como una esclavitud más, una de las instituciones
más opresivas del capitalismo y del Estado pues
convierte a las mujeres en siervas domésticas
y en objeto sexual, limitándolas a la reproducción
y a ser consideradas mano de obra barata o gratuita.
Nos dice Emma: “El
matrimonio condena a la mujer a una eterna dependencia,
a cambio de una seguridad económica: obviamente,
una transacción deplorable. El amor, en su expresión
sexual, puede ser ‘el elemento más profundo
de la vida’, pero nada tiene que ver con el matrimonio.”
(p. 14).
Emma habló
del celibato que se le impone a la mujer y sus consecuencias
en el desgano al trabajo y a la vida en general. Alguna
vez, en 1889, Emma le dijo a Alexander Berkman, quien
sería su compañero para toda la vida:
“Si alguna vez vuelvo a amar a un hombre,
me entregaré a él sin que nos una ni el
rabino ni la ley, y cuando ese amor muera me iré
sin pedir permiso”.
Goldamn
“utilizó la doctrina anarquista para
explicar la opresión que padecían las
mujeres, pero sabía muy bien que la raíz
de semejante opresión era más profunda
que las instituciones. Cuando
su anarquismo entraba en conflicto con su feminismo,
reaccionaba siempre como feminista.”
(Shulman, p. 8)
Esta anarquista
estaba más cerca de las feministas de los años
sesenta que las de su tiempo.
Padecía,
más que la falta del voto u otra reforma, su
condición de mujer en un sistema que la oprime
en todos los niveles. Emma, Berkman y Fedya, un amigo
artista de aquél, vivieron como amantes en una
comuna hasta que entre los tres decidieron asesinar
al responsable de la matanza de diez huelguistas y centenares
de heridos.
Emma se
convirtió en una excelente y hábil oradora.
A donde fuera hablaba igualmente de la revolución
que de la libertad sexual. Se convirtió en un
escándalo. Los críticos vulgares no la
bajaban de terrorista y buscadora de amor libre, la
llamaron promiscua, maniaca sexual. Si algo la enfurecía
era la hipocrecía del puritanismo y su doble
cara: o prostitutas o “vestales compulsivas”.
Los hombres
la asediaron y las mujeres le rehuían. Algunos
radicales se escandalizaron con las ideas sexuales de
Emma. Kropotkin la acusó de sobrevalorar el sexo.
Dijo que la opresión de las mujeres no era sexual
sino mental. “Cuando la mujer sea igual al
hombre intelectualmente y comparta con él los
ideales sociales, será tan libre como él”,
dijo a Emma durante una acalorada discusión.
Y ante el ya viejo anarquista, ella respondió:
“Cuando yo haya alcanzado su edad, el problema
sexual habrá dejado de tener importancia para
mí. Pero la tiene ahora... para miles, para millones
de jóvenes.”
Tuvo otras
discusiones con Kropotkin. Aquí es importante
hacer notar que la mayoría de los anarquistas
subestiman la lucha de las mujeres y se les hace secundaria,
como una herencia de las ideas sexistas de Proudhon.
Goldman, en cambio, pone el dedo en el renglón
sobre esta deficiencia y nos recuerda la necesidad de
revolucionar nuestras actitudes cotidianas como una
prefiguración de la sociedad libre que queremos.
Shulman
dice que Emma: “señaló que las
mujeres sacrificaban su talento y sus ambiciones por
los hombres; las vio esclavizadas por los fugaces conceptos
de belleza; observó que estaban tan protegidas
que no tenían identidad propia; vio cómo
muchas pasaban toda su vida sin obtener ninguna satisfacción
sexual.” (Shulman, p. 17)
Lo que
más enfurecía a Emma es que desde cualquier
posición la mujer salía explotada o castigada:
como esposa, como amante que quedaba embarazada, como
prostituta, como luchadora. El hombre, en cambio, sale
libre de culpa e incluso es natural y está bien
visto que tenga amantes, que embarace, etc.
Para Goldman
las mujeres más explotadas eran las prostitutas
-hoy trabajadoras del sexoservicio- situación
que dejaba ver claramente la hipocresía del sistema.
El gobierno
censuró su periódico Mother Earth.
Desgraciadamente
junto a los puritanos y reformistas, estaban las sufragistas.
A Emma no le interesaba el voto. El sufragio no beneficiaba
a las mujeres. Sus problemas iban más allá
de aquél. El sufragismo era un movimiento de
clase media, reformista, enemigo de la revolución.
Para Emma las sufragistas luchaban por un igual tratamiento
de las restricciones puritanas para los hombres y las
mujeres.
Emma luchaba
por la desaparición de las restricciones para
hombres y mujeres. Al oponerse a las sufragistas fue
tildada de “mujer de hombre” y
“enemiga de la libertad de la mujer”.
El colmo
para las autoridades fue cuando habló en público
sobre la homosexualidad y el control de la natalidad.
En marzo de 1915, frente a una audiencia mixta de seiscientas
personas en un club popular de Nueva York, Emma explicó
por primera vez en América, cómo se debía
usar un anticonceptivo. Inmediatamente fue arrestada
y después de un difícil juicio, se le
dio a escoger entre pasar quince días en un taller
penitenciario o pagar una multa de cien dólares.
Emma ya tenía cayo en eso de la cárcel,
así que eligió esos quince días
bajo prisión.
Al cumplir
su sentencia y salir libre volvió a dar esas
conferencias muchas veces, la volvieron a arrestar y
la sala del tribunal se convertía en un foro
donde Emma defendía el derecho de las mujeres
a decidir sobre su cuerpo y otras cosas parecidas.
Cuando
sobreviene la primera guerra mundial, “Emma la
Roja” hace a un lado su feminismo para denunciar
la guerra y el reclutamiento. La apresan dos años
y a los cincuenta le quitan su ciudadanía y la
deportan por ser “criminal anarquista”.
Había
estado treinta años luchando por los derechos
de los trabajadores y por la liberación femenina.
Nos dice Shulman: “Fue
una de las pocas personas dentro del movimiento feminista
que insistió en que no era lo mismo la liberación
femenina que los derechos de la mujer. Sabía
que ‘tradiciones centenarias’ nunca podrían
desaparecer con reformas externas, por más urgentes,
numerosas o drásticas que fueran. El matrimonio,
a pesar de las reformas, era todavía el ‘objetivo
fundamental’ de las mujeres. La independencia,
la igualdad, la emancipación, seguirían
siendo ilusorias si ‘la estrechez y la falta de
libertad del hogar se cambia por la estrechez y falta
de libertad de la fábrica, el taller, la tienda
o la oficina...¡Gloriosa independencia!”(Shulman,
p. 21)
El resto
de su vida luchó por el anarquismo en contra
del estado bolchevique y luego en la guerra civil española.
Murió
en 1940 en Canadá una mujer que vivió
adelantada a su época por casi un siglo.
El tiempo
ha demostrado que Emma iba más allá de
su época. Con el voto las mujeres alcanzaron
algo de igualdad y poca libertad. No se garantizó
la igualdad de derechos y menos de libertad. Discriminación
sexista y laboral, hipocresía, explotación
sexual y doméstica. Pronto el movimiento feminista
quedó marginado.
Las soluciones
individuales reemplazaron a las políticas.