Francisco Cervantes Islas
Qué le
ha sucedido y que nos sucede a gran parte de la humanidad
que transita del amor al desamor, de la paz a la guerra,
de la amistad a la enemistad, del deseo y aceptación
por el otro u otra, al control o maltrato de quien decimos
querer, en tantas variantes como parejas e individuos
existen. Qué ocurre que finalmente existen enormes
dificultades para permanecer en la comprensión
y la aceptación, o dicho en otras palabras, que
pasa, que se cae con tanta frecuencia en la violencia,
el maltrato, control o en el abuso de poder en las relaciones
humanas intergenéricas.Y en particular, qué
nos acontece cuando buena parte de casi media humanidad,
los hombres, somos tan proclives a establecer relaciones
tendientes a amar y a la vez desear dominar a la otra
media humanidad, las mujeres o a quién o a quienes
"elijamos amar". Para el caso de los hombres,
qué nos sucede cuando amamos y qué cuando
odiamos o maltratamos a las mujeres. Seguramente ocurren
tantas cosas que serán muy difíciles de
mencionar en este espacio, sin embargo, en esta oportunidad
si pretendo cuestionar, porqué los hombres, violentan
a las mujeres y porqué como hombres nos ha faltado,
de manara amplia y consistente, inconformarnos y renunciar
a tantas formas de violencia y control que como género
cometemos hacia las mujeres.Qué hace que los hombres
como género, no nos hayamos comprometido abiertamente
a estar en contra de la violencia hacia las mujeres. Este
cuestionamiento es trascendental tanto en el ámbito
de lo personal, para construir relaciones más satisfactorias,
como en el plano social, ya que si como ONGs hablamos
de proyectos de nación o políticos donde
planteamos sociedades más democráticas y
justas, los hombres no nos hemos, manifestado, incomodado
y organizado ante la opresión y la injusticia más
cotidiana, el maltrato y la violencia a las mujeres, niñas
y niños.El problema de la violencia masculina hacia
las mujeres por más complejo, extendido, que nos
pueda parecer, tiene una serie de salidas en aquellos
hombres que deseen comprometerse en este grave problema
social que obstaculiza y empobrece la vida de hombres
y mujeres de todas razas, edades, preferencias políticas,
religiosas o sexuales.Vivimos en relaciones sociales donde
el abuso de poder y la violencia son estructurales, y
donde hablar de sus variantes, dimensiones y consecuencias,
no siempre aseguran avances en el compromiso de los hombres
por renunciar a su violencia contra las mujeres.Tampoco
diría que exista una preocupación amplia
por parte de hombres de ONGs, Gobierno, grupos sociales,
ni políticos que estén comprometidos en
la acción o generen corrientes de pensamiento sobre
las implicaciones de la violencia masculina en la vida
privada y social, y por tanto en el conjunto de nuestra
estructura social y cultural. Por supuesto que el tema
de la violencia esta muy de moda, pero quiénes
lo abordan como un problema central en nuestra identidad
como hombres y en nuestra conformación como sociedad.
De no ser por muy pocos hombres, han sido las mujeres
quienes se han comprometido en el actuar, legislar, denunciar
y teorizar sobre la violencia masculina, no es casual
que nosotros los hombres no asumamos el tema de la violencia
como prioritario. A muy pocos patriarcas que estemos en
la casa, la academia, en organizaciones o con cualesquier
puesto con poder, poco nos ha interesado seriamente cuestionar
nuestras formas de ejercer el poder o nuestra autoridad,
que otras u otros sienten como violencia u opresión.
Aunque, por otro lado, también hay cada día
más hombres que están por una cultura de
la equidad que los lleva a actitudes y acciones muy concretas
en lo personal como en lo institucional donde rechazan
la opresión y la violencia a las mujeres.La violencia
masculina a las mujeres, frecuentemente es negada, minimizada
e incluso exaltada, por lamentablemente muchos hombres,
y no digamos las actitudes defensivas o inquisidoras mediante
las cuales muchos hombres se refugian para no asumir su
responsabilidad y compromiso por comprometerse a parar
su violencia. Lo más fácil es decir, "ellas
también son muy violentas", "la controlo,
pero no la pego", o "yo no soy un violador",
aunque nuestras propias compañeras nos reclamen
que se viven violentadas por nuestra forma de ser.También
hay quienes desde una posición de víctimas
arremeten contra ellas siendo autocríticos de dientes
para afuera, ya que en la práctica siguen estando
muy resistentes a renunciar a sus privilegios, compartir
responsabilidades equitativamente o asumir paternidades
más comprometidas, y no solo ser padres proveedores
o papás de fines de semana. Aunque por supuesto
hay y habrá cada vez mas hombres con un actuar
que merece todo nuestro reconocimiento.Por otro lado no
existe la costumbre como hombres nos animemos a hablar
de nuestros malestares, miedos, emociones, impotencias,
o bien a abrirnos a expresar nuestras profundas satisfacciones
o insatisfacciones, por lo general somos poco permisivos
con nosotros mismos para expresar lo que sentimos. Nos
construimos de una manera tan rígida o con tanto
temor a ser sensibles, que ignoramos todo lo que nos estamos
perdiendo al no permitirnos cuestionar abiertamente tantas
ideas y actitudes machistas a las cuales no hemos querido
o podido renunciar. Pero insisto, cómo hombres,
estamos realmente preocupados por parar la violencia hacia
las mujeres. Después de haberme involucrado en
el apoyo a mujeres que han sufrido violencia de género,
trabajado con hombres que desean dejar atrás la
violencia como forma cotidiana de resolver sus conflictos
de pareja y familiares, además de haber empezado
a trabajar el tema de la paternidad, con otros hombres.
No deja de incomodarme profundamente tanta violencia masculina
y el silencio cómplice y solapador que los hombres
guardamos ante estos cotidianos atropellos a la razón
y los derechos más elementales.Veo por tanto una
serie de desafíos que como hombres y como sociedad
civil tenemos para avanzar en un compromiso cada vez mas
serio y formal para disminuir la violencia hacia las mujeres
desde nuestra condición como hombres y como instituciones.Damos
poca importancia a las repercusiones de nuestra identidad
de género machista en la violencia estructural
y la reproducción simbólica y estructural
de nuestras sociedades patriarcales y autoritarias. Hoy
día aún carecemos de una crítica
directa a la violencia estructural en la cual todos vivimos
y alimentamos. Entendida esta como las estructuras sociales,
culturales, simbólicas y sociales que legitiman
o fomentan las desigualdades, el control, la violencia
o impiden el pleno desarrollo integral de las personas.
Y si bien nos han preocupado legítimamente temas
de violencia directa como; la delincuencia, robos, incluso
las guerras y la violencia intrafamiliar, son pocas las
organizaciones sociales y muchas individuas quienes nos
recuerdan el tema de la violencia estructural, que es
sustento y condición para el desarrollo y mantenimiento
de otras muchas violencias y opresiones. Invisivilizar
la violencia estructural es como no ser capaces de reconocer
que individualmente nuestra identidad como hombres ha
sido alimentada de pautas de interacción que privilegian
y fomentan la desigualdad, el abuso de poder, el autoritarismo
y en fin tantas expresiones de la violencia estructural,
que a fuerza de tanto repetirse las aceptamos sin mucho
cuestionar, ni sus partes o expresiones cotidianas, ni
el todo, esto es, las condiciones y simbolizaciones sobre
las cuáles se fincan las desigualdades sociales
incluidas las de género, raciales, económicas,
etnias y muchas más. La educación que como
hombres asimilamos nos coloca como verdugos y supuestamente
superiores de las mujeres, identidad masculina hegemónica
que a su vez propicia la conformación de las demás
estructuras e instituciones sociales antidemocráticas,
violentas, discriminatorias o intolerantes. La identidad
masculina hegemónica es cómplice y propagadora
de la intolerancia, la discriminación y las desigualdades,
y siembra sus reales en el ámbito de lo personal,
familiar, comunitario y político.Vivimos en discursos
democráticos, de equidad y justicia social, y a
la vez somos incapaces de renunciar a las inequidades
domésticas y de género, sustento de desigualdades,
violencias e injusticias. La Cultura patriarcal en la
cual vivimos goza de tan buena salud, que las expresiones
autoritarias, antidemocráticas, sexistas, discriminatorias
y demás prácticas que legitiman el poder
masculino permanecen invisibles e inmiscuidas en tantas
instituciones, como personas y manifestaciones culturales,
y para muchos hombres son difíciles de detectar
en su trato sobre todo con las mujeres, pero que ahí
están privilegiando lo masculino y a los hombres
sombre lo femenino y sobre mujeres reales.Tanto nos funda
el patriarcado y el sexismo que para insultar o querer
rebajar a otro hombre, le decimos, maricón, rajón,
joto, en una palabra lo feminizamos, la peor ofensa a
otro hombre es igualándolo a lo femenino. Para
frenar la violencia a las mujeres convendría por
lo menos inconformarnos incluso con el habernos construido
avergonzándonos de lo femenino que cada uno posee.No
siempre visualizamos este desprecio por lo femenino en
muchas de nuestras actitudes. Por uno o dos hombres que
este en una reunión de mujeres hay que hablar en
masculino para que el señor no se ofenda porque
lo sitúan como algo vergonzoso, el ser una mujer.
Sobrados ejemplos citaría donde poseer una característica
femenina es sinónimo de pena o malestar para muchos
hombres, la homofobia y otras intolerancias a hombres
con preferencias diferentes a las hegemónicas,
son acicates de un machismo que desprecia a lo femenino
e incluso a otros hombres que traicionan las imágenes
del "verdadero hombre" y se muestras sensibles
o con rasgos socialmente asignados solo a las mujeres.En
este México de hoy día puede haber hombres
que apoyamos las causas más democráticas,
justas, equitativas y progresistas, y en la vida privada
esa equidad no permite lavar una tasa, cambiar un pañal,
trapear, ir a una junta escolar, abrazar y dar tiempo
a cada hija e hijo, preocuparse y escuchar sus reclamos,
aceptar errores o servir y atender a las y los demás.
Nuestras maneras de actuar, pensar y sentir como hombres,
nos afirman a tal grado que vemos como "natural"
que las y los demás estén a nuestro servicio
y en segundos planos, mucho menos aún visivilizamos
violencias emocionales que ejercemos hacia las mujeres.
Repensemos, por caso, el concepto de amor que tenemos
los hombres y veamos que responde más a expectativas,
de atención, apoyo, servicio y obediencia por parte
de nuestra pareja, que a un fomentar su pleno e irrestricto
respeto y desarrollo. Es frecuente que muchos hombres
no se sientan queridos si sus parejas no les obedecen
o hacen lo que ellos esperan que hagan, sean e incluso
sientan. Es tan invisible, para el propio hombre, su conformación
de sabelotodo y "el que tiene la razón"
que nos comportamos como una total aplanadora de sentimientos
y deseos femeninos que nunca son escuchados ni tomados
en cuanta, respetando el auténtico sentir femenino,
Sino nos obedecen o nos dan la razón, nos sentimos
ofendidos, no queridos o no tomados en cuenta. Uno de
los enojos masculinos más comunes se genera cuando
las compañeras no hacen lo que ellos creen que
es lo correcto, incluso la violencia intrafamiliar se
desencadena en el momento en que la pareja desobedece
o hace cosas contrarias al deseo o la autoridad masculina.Preguntémonos
que entendemos por pareja, a partir de las expectativas
reales que esperamos que ellas nos cumplan y posiblemente,
para muchos no nos será difícil entender
que muchas de nuestras separaciones de pareja están
fincadas en nuestra incapacidad para renunciar a nuestros
privilegios masculinos, que tenemos serias resistencias
a ser equitativos en todos los planos, y no solo en los
que nos convienen, que nuestras dificultades y desamor
compiten con aceptar su pleno desarrollo o con nuestra
imposibilidad de compartir el poder de manera justa y
pareja con nuestras compañeras. Avanzar pues en
una cultura de la igualdad y la equidad implicaría
que en nuestras relaciones con las mujeres lo que ellas
hacer, piensan o sientan, realmente valga tanto como lo
que los hombres hacemos, pensamos o sentamos. Y si en
verdad existiese en la práctica esta tan difundida
igualdad entre las mujeres y los hombres, los conflictos
no los resolveríamos desde la imposición,
la violencia o el abuso de poder. Por otro lado la promoción
de la cultura de la igualdad entre hombres y mujeres tendría
que reflejarse en ambientes donde por lo menos prive el
respeto y el diálogo entre iguales. Incluso rechazando
la violencia y reconociendo que hay una agresión
constructiva en tanto fuerza o energía vital del
ser humano que usamos constructivamente y que nos va ayudar
a crecer y a afirmarnos, mas no aquellas agresividades
que son usadas es para impedir el desarrollo y crecimiento
del cualquier ser humano, así esta agresión
invasora e impositiva seria siempre una violencia y forma
de control. Los sentimientos, el amor, la relación
de pareja, la paternidad, la homofobia, el hostigamiento
sexual, la violación, y los asuntos cotidianos
de las mujeres, para muchos hombres, partidos y organizaciones,
no son asuntos realmente sustanciales para la transición
a la democracia y la justicia social.Para muchos hombres,
políticos, académicos, luchadores sociales
y demás, no les resulta trascendente para la construcción
de un proyecto de nación democrático, justo
y equitativo, el cuestionarse la cultura patriarcal, sexista
y en fin el machismo en sus múltiples expresiones
públicas y privadas. La violación, la violencia
intrafamiliar, el hostigamiento sexual y demás
manifestaciones de la cultura patriarcal, son considerados
como problemas individuales y no como expresiones de una
identidad masculina hegemónica. Con el pretexto
de que no se metan en mi cama, mi familia o mi vida intima,
los hombres queremos no ser necesariamente congruentes
entre lo que decimos públicamente con lo que hacemos
privada e íntimamente.Para ser más auténticos
y congruentes, pareciera que no debemos enfrentar nuestras
propias contradicciones y flaquezas, quien ha dicho que
sea fácil transitar en un mundo equitativo y sin
violencia. Estamos los hombres hoy día, vísperas
de elecciones presidenciales, conflictos universitarios
y pleitos políticos, realmente planteándonos
una transformación personal junto con una transformación
social a fondo, realmente no estoy muy seguro.Yo no veo
espacios masculinos de reflexión autocrítica,
de real apertura para ir a fondo como hombres en temas
sustantivos como la violencia intrafamiliar, el aborto,
la paternidad, la democracia en la vida familiar e institucional,
la tolerancia y el respeto a las necesidades e intereses
de las niñas, niños, de las y los jóvenes,
de personas de la tercera edad y tantos grupos sociales
que invisibilizamos, como indígenas, trabajadoras
domésticas, homosexuales, discapacitados, chavos
banda, transexuales y tantos grupos mas con diferentes
credos y preferencias religiosas, culturales o sexuales
distintas a las hegemónicas.La masculinidad y las
identidades masculinas no están presentes como
punto de discusión y reflexión en las agendas
políticas, porque las masculinidades se ejercen
y ya, sin mayor preocupación por si son masculinidades
democráticas, equitativas incluyentes o tolerantes,
nuestro ser hombres, con nuestros cotos de poder, públicos
o privados no deben ser cuestionados, mucho menos por
las mujeres o si transparentan que nuestra identidad y
estructura afectivo-racional, esta plagada de intolerancias,
machismos y desprecio por lo femenino.No queremos la autocrítica
a nuestras identidades masculinas porque además
de destapar mucho dolor, tememos perder nuestros privilegios
como machos, cuando el machismo y la violencia hacia las
mujeres son el principal obstáculo personal y la
masculinidad hegemónica o machista el central impedimento
político cultural para acceder a proyectos de nación
más humanos, justos y equitativos.