DE LO PERSONAL A LO POLÍTICO
por ERIN PIZZEY
Uno de los debates más interesantes del nuevo
siglo podría consistir en dilucidar la cuestión
de cómo y por qué se fundó el movimiento
feminista en el mundo occidental. ¿Surgió,
como explican numerosas periodistas, en respuesta a
las necesidades de las mujeres oprimidas del mundo?
¿O fue una creación de las mujeres de
izquierdas, cansadas de verse relegadas a funciones
serviles en las cocinas de sus revolucionarios amantes?
Según explica Susan Brownmiller en su excelente
historia del movimiento de la mujer, In Our Time: Memoir
of a Revolution [En nuestro tiempo: memoria de una revolución]
[1], el movimiento se fundó en Nueva York después
de que muchas de las mujeres activistas volvieran de
Mississippi tras su intento por ayudar a la población
negra a registrar sus votos. Los hombres de los movimientos
revolucionarios, que esperaban que las activistas asumiesen
funciones inferiores, trataron de disuadirlas a toda
costa. Cuando se le preguntó a Stokely Carmichael
por la postura de la mujer en la futura revolución,
respondió con una frase célebre: "¿Qué
cuál es la postura de la mujer en el SNCC (Comité
No Violento de Coordinación de Estudiantes)?
La postura de la mujer en el SNCC es tumbada."
Así se precipitó una revolución
cuyo resultado ni siquiera los más activos Panteras
Negras habrían podido imaginar.
Yo me incorporé a ese amorfo movimiento en 1971,
cuando Jill Tweedie y otras periodistas de izquierda
escribían en periódicos y revistas que
lo que las mujeres debían plantear eran varias
exigencias muy razonables, y millones de mujeres británicas
cuyas únicas lecturas consistían en recetas
de cocina y patrones de costura suspiraron con alivio.
A excepción de la revista SHE, dirigida por la
temible lesbiana Nancy Spain, la mayoría de nuestras
lecturas nos enseñaban a ser perfectas amas de
casa.
Encontré en The Guardian los datos necesarios
para establecer contacto con ese nuevo y excitante movimiento
de liberación de la mujer y llamé a su
número de teléfono central de Londres,
desde donde me encaminaron a mi grupo local en Chiswick.
Por primera vez, esa noche dejé a mi marido al
cuidado de los niños y acudí a la reunión.
No me impresionó especialmente la enorme mansión
en que fui recibida por una pequeña mujer de
lengua mordaz. Si había pensado que iba a unirme
a un movimiento que me sacaría de mi aislamiento
con mis dos hijos pequeños, estaba equivocada.
'Tu problema no es el aislamiento,' me dijeron. 'Tu
problema es tu marido, que te oprime.' miré a
las restantes mujeres blancas de clase media presentes
en la habitación y traté de no sonrojarme.
También se nos dijo que debíamos considerarnos
un colectivo, llamarnos 'camaradas' unas a otras y pagar
tres libras y diez chelines para formar parte del Movimiento
de Liberación de la Mujer. En las paredes había
carteles con mujeres que agitaban furiosamente sus armas
por encima de sus cabezas y un enorme retrato del Presidente
Mao. La violencia de esos carteles me disgustó:
yo había nacido en 1939, en medio de una guerra
terrible.
Nací en China en 1939. Mi padre trabajaba en
el Servicio Consular. Tanto él como mi madre
eran amigos de Chaing Kai Check, exiliado en Taiwán
por los comunistas. Mis padres y mi hermano, que volvieron
a China en 1942, fueron capturados por los comunistas
y pasaron varios años en prisión. Mi hermana
gemela y yo los creíamos muertos. El odio y la
aversión de mi padre por cualquier régimen
totalitario había dejado huella en mí,
y me sentí molesta por lo que consideré
un intento de manipulación para añadir
mis tres libras y diez chelines a la cuenta del partido
comunista local.
A pesar de todo, yo creía fervientemente que
las mujeres de este país necesitaban lugares
para reunirse y organizarse a nivel local. Era consciente
de la existencia de un enorme grupo de mujeres aisladas,
muchas de las cuales poseían valiosas cualidades
naturales y experiencias laborales que podríamos
aprovechar para trabajar en nuestras comunidades. Así
que desafié la hostilidad que suscitaban mis
altos tacones y mi maquillaje en la oficina de liberación
de la mujer y me hice cargo de la mecanografía.
No duré mucho. Lo que vi eran grupos de mujeres
blancas de clase media con tendencias de izquierda que
se reunían para odiar a los hombres. Su eslogan
era 'convierte lo personal en político'. Las
más vociferantes y violentas dirigían
su propia frustración personal y su cólera
contra su padre y hacían extensiva su rabia a
todos los hombres. Muchas de esas mujeres eran hijas
de papá que vivían a costa de la fortuna
paterna. La violencia que el movimiento adquirió
desde el primer momento se debió al hecho de
que, en Inglaterra, fue fundado por mujeres estadounidenses
que huían del FBI. No era la primera vez que
los Estados Unidos exportaban a sus disidentes. Años
atrás, Trotsky había sido deportado junto
con otros revolucionarios. Algunos de ellos se dirigieron
a Alemania para incorporarse al grupo Baader Meinhoff.
Otros se adhirieron a los Red Stockings de Holanda,
y algunos optaron por venir a Inglaterra, que parecía
destinada a convertirse en semillero revolucionario
para terroristas de todo el mundo, una especie de Beirut
junto al Támesis. En un coloquio de la BBC pude
comprobar cómo se utilizaba el dinero de los
contribuyentes para reunir, en uno de sus programas
televisivos, a todos los revolucionarios célebres
del mundo. Vi a 'Danny el Rojo' exigiendo a un sudoroso
productor mayores gastos y un hotel más confortable.
Kenneth Tynan no dejó de escupir por encima de
mí mientras declaraba que deberíamos apoderarnos
de la BBC y lanzar nosotros mismos la revolución.
También me vi obligada a asistir a una aburrida
conferencia en que Bernadette Devlin nos soltó
su arenga y varios panteras negras lanzaron sus consignas.
Una hilera de supuestos revolucionarios de la BBC respondieron
levantando sus pálidos puños. En 1970,
mujeres terroristas de grupos de todo el mundo afluyeron
a Londres para participar en la primera marcha de liberación
de la mujer, pero para entonces mi conciencia política
era ya mucho mayor.
En muchos de esos violentos y amenazadores colectivos
me enfrenté a sus líderes para decirles
que odiar a todos los hombres no era una actividad en
que yo desease participar. Les expliqué que mi
vida me parecía un lujo. Tenía un marido
que acudía a su trabajo y pagaba la hipoteca
de la vivienda, de forma que yo podía quedarme
en casa con mis dos hijos. Les recordé que, aparte
de un pequeño grupo de hombres que ejercía
el poder internacional, la mayor parte de los habitantes
de sus países eran esclavos. Les hablé
de los regímenes asesinos de Mao y de Stalin
pero, por supuesto, muchas de esas mujeres eran maoístas
y estalinistas. Su actitud era tal que no habrían
retrocedido aunque tuviesen que morir 30 millones de
personas por la causa de su revolución. Fui odiada
con pasión e, irónicamente, acabé
excluida del movimiento de liberación.
Entonces opté por abrir un pequeño centro
comunitario para mujeres y sus hijos que permitiera
mejorar mi proyecto de reducir el aislamiento causado
en occidente por la crisis de la familia extensa. Durante
muchos meses, ese pequeño centro comunitario
para mujeres y sus hijos atrajo a todo tipo de mujeres
deseosas de hallar un lugar en que pudiesen desplegar
sus aptitudes y tener entretenidos a sus hijos. Pronto,
las mujeres que rehuían los servicios oficiales
acudieron a nosotras y nosotras las ayudamos. Un día,
una mujer subió a la pequeña oficina del
piso superior y se quitó el jersey. Su cuerpo
estaba lleno de magulladuras negras y violáceas.
"Mi marido me golpea", dijo. Esa noche la
llevé a mi casa, en lugar de dejarla volver a
la suya. Sin embargo, desde el principio me di cuenta
de la violencia ejercida por algunas de las mujeres
que acudían a mi albergue. Por entonces, yo había
logrado las dos cosas que deseaba el movimiento de mujeres.
Una causa justa para disfrazar su programa político
y dinero para financiarlo. Para 1972, el movimiento
de la mujer se había quedado sin dinero. Las
mujeres inglesas corrientes eran demasiado inteligentes
y educadas para desear su inclusión en un movimiento
que deseaba tan obviamente destruir la familia y los
derechos de los hombres. Sólo los grupos muy
aislados de mujeres que vivían en zonas como
Islington y Kew evitaban que sus hijos varones tuviesen
juguetes de varones y presumían de que sus maridos
o amantes se habían convertido de la noche a
la mañana en 'nuevos hombres'. El resto de nosotras
reconocía que los hombres serían siempre
hombres y que aceptaríamos de buen grado cualquier
ayuda en la casa.
Mientras la quema de sujetadores se convertía
en motivo de bromas en la televisión y la prensa,
el movimiento se hundió en la oscuridad, excepto
en determinados periódicos y en los círculos
universitarios. En ellos, la misoandria feminista halló
sus principales exponentes en el colectivo de profesoras
interinas, que consiguió crear toda una nueva
corriente ideológica -los denominados “estudios
sobre la mujer”- y lavar el cerebro de las jóvenes
generaciones de mujeres que entraban en la Universidad.
Encontré las facultades llenas de “profesoras”
que no eran tales, sino activistas políticas.
Me sentí intensamente odiada cuando, en mis conferencias
universitarias, afirmé que 62 de las primeras
100 mujeres que acudieron a mi albergue eran tan violentas
como los hombres de los que huían. Hablé
en reuniones e hice referencia a los “hombres
maltratados”. Puesto que la “violencia doméstica”
se consideraba un tema “de mujeres”, eran
mujeres las periodistas que lo cubrían. Cuando
traté de interesar a los periódicos en
mis ideas me encontré con el mismo problema:
las jefas de redacción eran mujeres que se negaban
a publicar mis escritos. Las cosas no iban mejor en
el campo editorial: las directoras, especialmente si
se trataba de lesbianas radicales, censuraban sistemáticamente
los libros. Existía y existe aún una estricta
censura que se aplica a quien trate de romper el código
de silencio. Nadie desea reconocer la amplitud del daño
que el movimiento feminista ha hecho a la familia y
a los hombres en los últimos treinta años.
Cuando, en 1999, Melanie Phillips escribió The
Sex Change Society ["La sociedad del cambio sexual"]
[2], le advertí que nuestras protagonistas se
negarían a salir a la superficie y responder
a su bien documentada descripción de la “Gran
Bretaña feminizada y del varón neutralizado”,
según su acertada expresión.
Durante los últimos treinta años he visto
una gran corrupción en los tribunales ingleses.
He visto a padres privados de sus derechos y perseguidos.
He visto a nuestro propio gobierno expresar su conformidad
con un anuncio de la televisión escocesa en que
se aconsejaba a los niños que llamasen a determinado
número de teléfono si su padre gritaba
a su madre. Uno de los recuerdos más antiguos
que guardo es el de una pequeña niña de
mi edad, que vivía también en China en
la época del relevo comunista y que denunció
a su padre; éste fue separado de su familia y
torturado durante siete años. He visto a los
“grupos de sensibilización” -que
me han recordado las enseñanzas de Mao- proliferar
como la mala hierba en todo el mundo occidental con
el objetivo de convencer a las mujeres de que sus maridos
son el enemigo y debe ser erradicado de la familia.
He visto cómo en las secciones dedicadas a la
mujer en algunos periódicos se ha glorificado
a la madre sin pareja. En cierta ocasión, cuatro
mujeres periodistas escribieron acerca de su búsqueda
del hombre idóneo para darles hijos y las cuatro
prometieron a sus lectores que los niños nunca
llegarían a conocer a esos padres. Sentí
que esas ricas y privilegiadas periodistas estaban actuando
de modo irresponsable. Para entonces yo me había
divorciado de mi marido y era una madre sin pareja que
sufría la ansiedad y la soledad de criar a los
hijos por mí misma.
Con gran frecuencia, vi profesoras feministas que discriminaban
a los chicos en sus clases. Vi la gran avalancha de
mujeres que irrumpió en las filas de la población
activa, ávidas de puestos de trabajo y carreras.
Muchas de ellas no tenían otra alternativa. Las
dificultades económicas obligaban a trabajar
a ambos miembros de la pareja. A pesar de las promesas,
no hubo un plan nacional de guarderías infantiles,
así que otras mujeres emprendieron actividades,
ilegales y a veces peligrosas, de cuidado de niños.
Los hombres, liberados de cualquier limitación
por la píldora anticonceptiva, exigieron relaciones
sexuales a la medida de sus deseos, pero luego muchos
de ellos se desentendían de los embarazos subsiguientes.
Londres, además de convertirse en la capital
mundial del aborto, alcanzó los niveles más
elevados de partos de adolescentes de todo Occidente.
Los hombres dieron la espalda al matrimonio y al compromiso,
en muchos casos temiendo con razón que, si asumían
algún tipo de compromiso, acabarían siendo
desplumados por la mujer durante el resto de sus vidas.
En 1977, los representantes Lindy Boggs y Newton-Steer
me invitaron a un almuerzo oficial en el Congreso estadounidense.
Para entonces yo sabía ya que las palabras que
iba a pronunciar me harían muy impopular. Todas
las personas que se dirigían a mí daban
por supuesto, erróneamente, que hablaban con
una “feminista”, algo que yo estaba muy
lejos de ser. Siempre he desconfiado de los “istas”
de toda clase, y sólo me gusta definirme como
“alguien que ama a Dios en todas sus facetas”.
Cuando acabé mi discurso, todas las personas
de la mesa me rehuían, y la impresión
que causé en el Club de Prensa de Washington
no fue mucho más favorable. Me resultó
divertida la expresión que vi en las caras de
las curtidas periodistas. Numerosas conferencias que
tenía comprometidas fueron anuladas, especialmente
en Nueva York y Boston. Pasé una divertida noche
con otros miembros del personal en una residencia de
profesoras lesbianas de Anne Harbour , pero me sentí
mucho mejor cuando fui a alojarme a la casa de una joven
y dulce esposa y madre en otra ciudad. Por entonces
me di cuenta de que, en todas partes, el movimiento
feminista se había apropiado de la cuestión
de la violencia doméstica para satisfacer sus
ambiciones políticas y llenar sus bolsillos.
Las feministas de los Estados Unidos y de otros países
estaban reescribiendo las leyes. “En el pasado
decenio, las teorías jurídicas feministas
cobraron gran relieve en muchas facultades de derecho
estadounidenses. El activismo feminista tuvo también
grandes repercusiones en numerosos ámbitos jurídicos,
en particular los relacionados con la violación,
la autodefensa, la violencia doméstica y otras
tipificaciones delictivas nuevas, como el acoso sexual.
Sin embargo, la ideología del feminismo jurídico
actual va mucho más lejos de la meta original,
ampliamente aceptada, del trato igualitario para ambos
sexos. El nuevo programa propugna la redistribución
del poder desde la “clase dominante” (los
hombres) hacia la “clase subordinada” (las
mujeres), mientras que principios fundamentales de la
jurisprudencia occidental, tales como la neutralidad
judicial y los derechos del individuo, se consideran
ficciones patriarcales destinadas a proteger los privilegios
masculinos”. [3] [4]
Mi estancia en Alemania, donde acudí invitada
por el Ministro de Deportes de ese país, no fue
distinta. Abandoné una cena con personal asistencial
de distintos albergues porque no pude seguir soportando
la visión del futuro que esperaba a esas instituciones.
Vi cómo el movimiento feminista erigía
sus bastiones de odio contra los hombres, fortalezas
en que se enseñaría a las mujeres que
todos los hombres era “violadores y degenerados”
y se procedería a la destrucción de los
niños en los albergues, donde aprenderían
a desconfiar de los varones.
En 1978 fui invitada a visitar Nueva Zelandia, y acudí
con la esperanza de ser invitada a hablar a grupos del
movimiento de albergues de Australia. En aquellos momentos,
Nueva Zelandia no había caído aún
en manos del movimiento de mujeres totalitarias (ahora
ya lo ha hecho), pero se me denegó la posibilidad
de visitar Australia, donde el movimiento de lesbianas
militantes controlaba la mayoría de los albergues.
Al igual que en otros muchos países, el movimiento
de lesbianas manejaba la mayoría de los recursos
financieros, por lo que simplemente indicaron a los
albergues australianos que retirasen sus invitaciones.
Mi presencia resultaba odiosa al movimiento feminista
y a demasiadas mujeres politizadas que procedían
de zonas marginales del sistema y trataban de abrirse
paso hacia los escalones más elevados del poder
público.
Para mostrar hasta qué punto ese movimiento podía
censurar la información citaré un ejemplo
entre muchos. En 1984 presté declaración
ante el Grupo de Trabajo de Texas sobre Violencia Familiar,
en San Antonio. Hubo gran inquietud entre los diversos
grupos relacionados con los albergues que se habían
reunido para aportar su testimonio. Una tras otra, las
mujeres prestaron declaración. En algunos casos,
el testimonio era sombrío y atroz. Eran las auténticas
víctimas de la violencia de sus parejas. Sin
embargo, muchas de las declarantes tuvieron una teatral
actuación que provocó los aplausos entusiastas
de la audiencia de excitables compañeras, pero
llenó de confusión a los miembros del
Grupo de Trabajo del Fiscal General. “Comprendo
su dolor”, dijo una de las integrantes del Grupo
de Trabajo a una mujer especialmente histriónica.
“Pero, ¿dice usted que eso le ocurrió
hace diez años? ¿No cree que es ya hora
de pasar la página? “ Al hablar así
expresaba el sentir de la mayoría de los miembros
del Grupo, perplejos ante la clara diferencia existente
entre las mujeres cuya declaración era auténtica
y las otras, las mujeres proclives a la violencia que
no eran víctimas inocentes de la violencia de
sus parejas, sino que ellas mismas eran violentas. En
mi intervención hice referencia a las diferencias
existentes entre las mujeres realmente maltratadas y
las que eran violentas ellas mismas y necesitaban tratamiento.
El comité me dió las gracias, y el público
me ovacionó puesto en pie. Cuando el informe
llegó a mi casa de Santa Fe pude ver que mi declaración
se había resumido en una frase sin sentido y
que se hacía referencia a mí como a la
"escritora Erin Shapiro", a pesar de que mi
declaración por escrito se presentó a
nombre de Erin Pizzey y que mi condición de fundadora
del movimiento de albergues era de sobra conocida por
todos.
Por entonces, yo trabajaba en Santa Fe (Nuevo México)
en casos de maltrato infantil y en la lucha contra la
pedofilia. Allí fue donde descubrí que
existen tantos casos de pedofilia entre las mujeres
como entre los hombres. En general, la pedofilia femenina
pasa desapercibida. La lucha contra los comportamientos
pedofílicos es una actividad muy peligrosa. Estando
en Nuevo México rescaté a una niña
británica del control de una mujer pedófila.
Fueron necesarios tres años de lucha contra los
tribunales ingleses para rescatarla y devolverla a sus
padres. Finalmente el abogado me llamó por teléfono
y me dijo que yo tenía razón contra todos.
Pero la niña había sido objeto de abusos,
así que pregunté al abogado si iba a demandar
judicialmente a la mujer. "No", me contestó.
Otra mujer que salió bien parada y eludió
la condena por abuso de niños.
Durante todos esos años en que trabajé
y me especialicé en el trabajo con mujeres violentas
y sus hijos, nunca pude acostumbrarme al temor que los
hombres sentían ante las mujeres violentas. Asistí
a cenas y reuniones en que mujeres feministas contaban
cómo maltrataban a los hombres con los que vivían.
Conocí a algunas mujeres que habían convertido
sus hogares en campos de concentración en miniatura.
Rara vez vi a un padre plantar cara a una esposa o una
compañera violentas, o impedir que la madre maltratase
a los hijos. Los hombres solían acudir a mí
en busca de ayuda, pero ante su compañera encolerizada
y agresiva, permanecían quietos y toleraban la
violencia. Incluso ahora la gente se ríe cuando
un hombre dice que ha sido maltratado. No entiendo por
qué ningún tipo de maltrato a cualquier
ser vivo ha de ser motivo de risa. Creo que ya va siendo
hora de que los hombres reconozcan que las mujeres han
logrado grandes cambios en los últimos treinta
años. Se han hecho mucho más independientes
de los hombres, pero los hombres no han superado aún
esa etapa. Cuando se trabaja con hombres, es desalentador
ver cómo nada más liberarse de una relación
violenta empiezan inmediatamente a buscar una mujer
que “cuide de ellos”. Es preciso que los
hombres se habitúen a la idea de que pueden cuidarse
por sí mismos. Los hombres de generaciones más
jóvenes parecen haberse dado cuenta de esa dependencia
masculina de las mujeres y han logrado arreglárselas
por sí mismos.
Estando en Santa Fe vino a verme un hombre que había
perdido a sus hijos y cuanto poseía porque su
hija lo había acusado de abusar sexualmente de
ella. Al oír su relato comprendí que era
un mujeriego, y no una persona capaz de abusar de una
menor. Cuando conocí a la madre, mujer exhibicionista
y narcisista de carácter violento y manipulador,
supe que había ordenado a la niña que
acusase a su padre. Del comportamiento de la niña
deduje que, efectivamente, había sido objeto
de abusos sexuales. Finalmente, al cabo de tres meses
de trabajo con ella, me confesó que quien había
acusado de ella era un hombre que vivía al otro
lado de la calle. Ese hombre era funcionario. Cuando
presenté las pruebas que tenía en la oficina
del Fiscal del Distrito, éste se negó
a investigar el caso. Un policía que trataba
también de que se investigaran determinados casos
me dijo que el Fiscal del Distrito estaba divorciado
bajo sospecha de abusos sexuales a niños, así
que yo no tenía ninguna oportunidad. Llamé
a todas las puertas de los domicilios privados que pude
encontrar en los alrededores de su vivienda y advertí
a los vecinos. Muchos de ellos conocían el problema,
pero su temor les impedía actuar. Cuando me enfrente
a él, me dijo que su posición lo ponía
a salvo de cualquier acción judicial y que se
trasladaría con su familia a Alaska, donde era
menos probable que lo condenasen. Al igual que tantos
otros hombres violentos y peligrosos, se había
casado con una mujer filipina que no se atrevía
a opinar. Otra niña me dijo que su padre, la
nueva esposa de éste y un vecino la violaban
todos los sábados por la tarde, durante las horas
del régimen de visitas. Le pregunté qué
era lo más doloroso de esos abusos y me dijo
que "las uñas de la mujer eran muy largas
y me hacían daño en mi...", y señalaba
su vientre. Esos son los terribles detalles que confirman
espantosas verdades.
Parte del problema consiste en que los hombres no desean
admitir que las mujeres, y en particular las mujeres
a las que han amado, pueden ser tan malvadas como ellos.
Cuando en 1999 realicé una gira de seis semanas
por el Canadá para dar conferencias, quedé
asombrada ante el miedo que detecté en los hombres
a lo largo y ancho de ese enorme país. A causa
de los casos de acoso sexual en el trabajo apenas se
celebran ya fiestas en las oficinas. Coincidí
con un profesor muy inteligente al que habían
acusado de abuso sexual de dos de sus alumnas. Me explicó
que vivir en el Canadá era como vivir en un estado
totalitario. Y tenía razón. Hablé
a grupos de hombres y mujeres de todo el país.
Los hombres sentían ya la pesada mano del Estado,
que les arrebataba todo derecho sobre sus casas y sus
hijos. Me contaron casos de hombres que, al volver del
trabajo, se habían encontrado con que la mujer
había "levantado" la casa, es decir,
había sacado de la vivienda cuanto había
podido y había desaparecido con los niños
rumbo a un albergue. Los angustiados padres eran incapaces
de encontrar a sus esposas e hijos, ya que los albergues
se negaban a dar información. En algunos casos
de padres muy violentos esa precaución es necesaria,
pero nunca pensé que debiera convertirse en una
rutina, ya que muchas mujeres delincuentes podrían
utilizar ese recurso contra hombres totalmente inocentes.
Como es sabido, la manera más expeditiva de entablar
el divorcio es, para una mujer, declarar que su marido
es violento, y si ese subterfugio no basta, las mujeres
pueden recurrir a lo que se denomina "la bala de
plata", es decir, acusar a su pareja de abusar
sexualmente de los niños. En ese caso, el hombre
es inmediatamente apartado de su casa y de su familia.
No hace mucho mantuve una charla con un grupo de hombres
del suroeste de Inglaterra. Entre los asistentes a la
reunión había dos policías. Cuando
les pregunté por la realidad de los falsos abusos
sexuales, admitieron que, en efecto, estaban obligados
a separar a un padre de su familia aun cuando no hubiese
pruebas. En una ocasión, una mujer había
acusado al padre de una niña de haber abusado
de ella en el baño. Llamó a la policía,
y ésta se llevó inmediatamente al padre,
que luego fue puesto en libertad por falta de pruebas.
Deberíamos tener una ley que permitiese a las
víctimas inocentes de tales acusaciones demandar
judicialmente a sus agresoras. Para que se lleven detenido
al hombre no se necesitan pruebas: basta con que la
mujer descuelgue el teléfono.
He comprobado que los hombres no se ayudan unos a otros
como hacen las mujeres. Durante miles de años,
los hombres han aprendido a trabajar juntos con gran
eficacia, pero, llegado el momento, en lugar de organizar
ese mismo tipo de ayuda para encauzar sus vidas personales,
se vienen abajo. Así ocurrió cuando traté
de abrir un albergue para hombres casi inmediatamente
después de haber comprado el edificio principal
de Chiswick en que establecimos el albergue de mujeres.
Había visto un número suficiente de hombres
que eran horriblemente maltratados y necesitaban algún
lugar adonde poder dirigirse. Lo que me molestó
fue que, aún cuando el Gran Consejo de Londres
deseaba poner a mi disposición un excelente edificio
en el norte de la ciudad, no pude encontrar ni un solo
colaborador económico que me ayudase a obtener
dinero para los hombres.
Ahora tenemos ya grupos de hombres que funcionan en
la mayor parte de los países. Pero, de momento,
carecen de financiación, mientras que los albergues
de mujeres reciben millones de libras que, en algunos
casos, se malgastan. Sabemos que nuestros hombres jóvenes
tienen muchos problemas. Durante los últimos
treinta años, los hombres han sido objeto de
discriminación en los medios de comunicación
y en los centros de enseñanza. La nueva generación
masculina ha asimilado una dieta de retórica
feminista que les asegura que son “violadores”
y “maltratadores”. Eso ponían los
carteles que rodeaban el Hotel Savoy cuando acudí
al almuerzo de presentación de mi libro Prone
to Violence ["Proclives a la violencia"] [5].
Es el libro en que expuse mi trabajo con mujeres proclives
a la violencia y sus hijos. Estaba acostumbrada a los
piquetes, porque dondequiera que hablaba o hacía
acto de presencia me seguían esas mujeres llenas
de odio que, en todo el mundo, mantenían conferencias
secretas de las que se excluía a los hombres.
En realidad, se han infiltrado en las más importantes
instituciones, y las Naciones Unidas están llenas
de mujeres decididas a destruir la familia y el matrimonio
como instituciones, mujeres que desean que la familia
se defina únicamente como grupo de mujeres y
niños. Los hombres deben quedar al margen. Su
función como padres debe reducirse a servir de
bancos de semen y billeteras. Afortunadamente, quienes
creemos en el matrimonio y en la necesidad de que los
niños convivan con ambos padres biológicos
siempre que sea posible, tenemos el tiempo de nuestra
parte. El movimiento feminista está agonizando,
mientras sus ancianas defensoras escriben ya libros
en que, a un paso de la tumba, lamentan su juventud
desperdiciada. Gracias a la interesante obra de Mike
Horowitz, Hating Whitey and Other Progessive Causes
["Odiar al hombre blanco y otras causas progresistas"]
[6] , sabemos que Betty Friedman era marxista stalinista.
Por mi parte, fui tan consciente del trasfondo político
de muchas de las denominadas “líderes”
del movimiento que escribí un pasaje al respecto
en una de mis novelas, First Lady ["Primera Dama"]
[7]. En él, habla un agente comunista que es
tutor de una de las principales universidades de Inglaterra,
y cita a la esposa del Presidente ruso:
“Se lo diré. Fue realmente la esposa del
Primer Ministro quien trajo la respuesta. Una mujer
encantadora que, mientras hablaba, no dejaba de mirarme.
Recuerdo sus palabras exactas: “Empezad siempre
la subversión por las mujeres, como en África,
ofreciéndoles anticonceptivos, asistencia médica
gratuita, facilidades para abortar, etc.”
En efecto, fue mientras trabajaba con misioneros en
Senegal cuando ví por primera vez a los comunistas
regalar radiotransistores a las mujeres africanas. Los
misioneros trataban de atraer a las mismas mujeres a
su dispensario con ayuda médica, seguida de una
lección de la Biblia. Mi conclusión sobre
la forma de expansión del movimiento feminista
es que no se trata de algo tan espontáneo como
las feministas quieren hacernos creer. Yo estuve allí
en los primeros tiempos y me asombré ante la
organización y las cantidades de dinero que afluían.
Casi todos los grupos disidentes, excepto yo misma,
porque yo no era “una de ellas”, disponían
de oficina y teléfono. Lo que me aflige es el
daño que han hecho y tolerado hombres indiferentes
al problema de las mujeres violentas. Sabemos que las
mujeres perpetran el 60 por ciento de los malos tratos
a niños. "Autores: en más del 75
por ciento de los casos, los autores de los malos tratos
infligidos a los niños son los padres, y en otro
10 por ciento de los casos, otros parientes de la víctima.
Se estima que más del 80 por ciento de los autores
tenían menos de 40 años y que casi dos
tercios de ellos (62 por ciento) eran mujeres”
[8]. Según las investigaciones de la NSPCC (National
Society for the Prevention of Cruelty to Children o
Asociación Nacional para la Prevención
de la Crueldad contra los Niños) dirigidas por
Susan Creighton en 1992, los niños corren “un
mayor riesgo si conviven sólo con la madre, o
con la madre y un sustituto de la figura paterna”.
Asimismo, “las madres naturales resultaron ser
las autoras más frecuentes de lesiones físicas,
malos tratos psicológicos, abandono y A + MF
(casos de abandono y maltrato físico)”
[9]. Ahí está el problema fundamental.
A las mujeres que, en su día, fueron objeto de
abandono por sus madres y víctimas de disfunciones
familiares no se les puede pedir que “mimen”
a sus hijos, como si todo pudiese arreglarse con una
varita mágica. Estoy convencida de que Tony Blair
será recordado por su programa de las 540 libras
o de “comienzo seguro”, que dará
a los nuevos padres y madres la oportunidad de aprender
todas esas importantes lecciones que la mayoría
de los hijos de familias felices normales aprenden en
las rodillas de sus progenitores. Aun cuando deseemos
dar la espalda a los hombres y las mujeres que son víctimas
de la violencia doméstica, con el poco caritativo
pensamiento de que ellos se lo han buscado, hemos de
atender a los hijos de esas relaciones, que no han elegido
nacer en una familia en que la degradación y
el horror forman parte de su vida cotidiana. Durante
los últimos treinta años, las mujeres
han culpado a los hombres de todas las manifestaciones
de la violencia doméstica. Ahora los hombres
han de tener el valor de citar las irrefutables cifras
de las investigaciones internacionales que demuestran
que, en la base de la violencia de los progenitores,
subyace una función materna marcada por la violencia,
la negligencia y los trastornos.
------------------------
NOTAS
[1] Susan Brownmillar, In Our Time: Memoir of a Revolution
The Dial Press, 1999
[2] Melanie Phillips, The Sex-Change Society The Social
Market Foundation November 1999
[3] Michael Wisss and Cathy Young, Cato Institute police
analysis paper: Feminist Jurisprudence’ http://www.cato.org/pubs/pubs/pas/pa-256.html
[4] Michael Weiss & Cathy Young, Cato Institute
police analysis paper “Feminist Jurisprudence.’
[5] Erin Pizzey and Jeff Shapiro, Prone To Violence
Hamlyn Paperbacks 1982
[6] Michael Horowitz, Hating Whitey and Other Progressive
Causes,’
[7] Erin Pizzey, First Lady, page 389 Collins 1987
[8] U.S. department of Health and Human Services. Child
Maltreatment 1997: Reports from the States to the National
Child Abuse and Neglect Data System. (Washington, DC:
UCCS Government Printing Office, 1999).
9] From NSPCC Research by Susan Creighton (1992).
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© Erin Pizzey