Cristian Sotomayor
Vivimos
en una sociedad organizacional, buena parte del quehacer
humano se efectúa en y mediante organizaciones;
desde la maternidad hasta la funeraria. Sin embargo,
hay importantes contradicciones que nos llevan a analizar
con más profundidad este hecho. La capacidad
científico-tecnológica e industrial, más
el conocimiento acumulado en todas las esferas, permitiría
una vida bastante agradable para toda la humanidad.
Según estimaciones del matemático y novelista
Bertrand Russell –realizadas en la década
del 40- bastaría con que cada persona cumpliera
un trabajo socialmente necesario de no más de
cuatro horas diarias. Pero, contrariamente, pareciera
que la existencia se hace cada vez más vulnerable:
gran parte de los habitantes de la Tierra vive en la
pobreza e indigencia mientras otro segmento se desenvuelve
en la opulencia; el deterioro del medioambiente está
produciendo consecuencias amenazantes para la vida;
la destructividad y las guerras son pan de cada día,
y año a año más personas presentan
trastornos síquicos y conductuales (delincuencia
incluida). Como dice el biólogo Humberto Maturana,
en las actuales organizaciones productivas, ser persona
es una impertinencia, porque no están construidas
sobre la base de relaciones sociales, es decir, su trasfondo
emocional no es la aceptación del otro como un
legítimo otro en la convivencia. Por el contrario,
la lógica que prevalece en los lugares de trabajo,
que es donde pasamos gran parte de nuestras vidas –casi
10 horas diarias en el caso chileno-, es la utilización
instrumental del otro. Pretendemos la democracia y el
respeto a los derechos humanos a nivel de estructura
global, pero debemos soportar las mayores dictaduras
y despotismos en las unidades en donde se juega la producción
de las condiciones de existencia.
Ante esta constatación, podemos adoptar dos posturas:
una es aquella que nos dice que siempre ha sido así,
que este mundo es de los canallas, que fue y será
una porquería, que todo intento de cambio será
infructuoso, y que lo único que cabe es buscar
lo humano fuera de los ámbitos organizacionales
(familia, amistades, vida social, etc.). La otra, es
pensar que el cambio es posible y que debemos intentarlo.
En esta senda se hallan los procesos de intención
autogestionaria, el desarrollo local y de las organizaciones
democrático-solidarias.
Los que han seguido esta última postura, apuntan
sus estudios hacia dos dimensiones: la experiencia práctica
y las propuestas ideológicas.
Por el lado vivencial, generalmente las fuentes han
sido las siguientes:
-Las formas organizacionales pre-capitalistas, como
las comunidades campesinas y las asociaciones gremiales
de artesanos, gildas y arteles. También se pueden
mencionar las Ligas de ciudades libres.
-Los intentos conscientes que el movimiento obrero e
intelectuales ha realizado desde la revolución
industrial: cooperativas, mutuales, colonias o comunidades
de vida, kibutz.
-Los experimentos amparados por algunos Estados, siendo
el caso más ambicioso el llevado a cabo en la
Yugoslavia de Tito entre 1950 y 1990.
-Las innovaciones aceptadas por el empresariado: “participación”
(subordinada), círculos de calidad, comités
de empresa, etc.
-Los momentos insurreccionales, rupturas revolucionarias,
con presencia de situaciones de dualidad de poder y
control obrero: comunas, soviets, consejos obreros,
comités de fábrica. El más extenso
fue el llevado a cabo durante la guerra civil española,
entre 1936 y 1939, en la zona de Aragón y Cataluña.
En Chile tuvimos el fenómeno de los cordones
industriales y de los consejos comunales de trabajadores,
entre 1972 y 1973.
En el plano de las ideas, las tendencias que han favorecido
los procesos autogestionarios van desde los socialistas
“utópicos”, los liberales demócratas
(John Stuart Mill), socialistas cristianos, marxistas
libertarios, sindicalistas revolucionarios, socialistas
gremiales, anarquistas, situacionistas, humanistas,
ecologistas, la corriente del personalismo comunitario,
feministas, indigenistas, movimiento por un desarrollo
alternativo, que incluye aportes de la sabiduría
oriental (budistas, taoístas). Como vemos, un
amplio abanico de ideologías.
A estas alturas, ya podemos presentar una de las definiciones
clásicas de autogestión, lanzada en 1975
por Yvon Bourdet: “La autogestión es una
transformación radical, no sólo económica
sino también política, en el sentido en
que destruye la noción común de política
(como gestión reservada a una casta de políticos)
para crear otro sentido de esta palabra: a saber, la
toma en sus manos, sin intermediarios y a todos los
niveles, de todos ‘sus asuntos’ por todos
los hombres”. Además, entregó las
condiciones necesarias para la autogestión: democracia
directa (asamblea soberana y revocabilidad de los mandatos),
rotatividad en los cargos, acción directa (sin
intermediaciones), educación e información
como procesos permanentes.
No obstante, la historia nos muestra que la mayoría
de los intentos han terminado en el fracaso, ya sea
que se han desintegrado, que degeneran hacia formas
semicapitalistas o han sido aplastadas por la fuerza.;
las que sobreviven se ven constantemente amenazadas
por múltiples problemas, dificultades, obstáculos,
deficiencias e impedimentos.
Ante esta realidad, que nos hace pensar en que ya nos
hemos estado dando demasiados cabezazos contra la pared,
surgen dos opciones: tirar la toalla y contentarnos
con hacer un poco más tolerables las actuales
instituciones, o perseverar en nuestro empeño,
pero dando un salto cualitativo. El cuento es cómo
hacer que las experiencias organizativas democrático-solidarias
y que los procesos de intención autogestionaria
emerjan, sobrevivan, se desarrollen, se multipliquen
y expandan hasta llegar a ser la forma orgánica
predominante. En resumen, cómo lograr que sean
menos improbables.
La vía para esto ya la enunció el economista
y filósofo Luis Razeto: Para él la historia
de estos intentos “(…) denota la complejidad
y riqueza de un fenómeno complejo, en el cual,
sin embargo, la unidad entre teoría y práctica
no ha sido jamás perfeccionada. Todo ello constituye
un vasto conjunto de materiales empíricos y conceptuales
sobre los cuales toda nueva elaboración científica
debe apoyarse, si bien distinguiendo críticamente
los contenidos cognoscitivos de lo que es sólo
ideología desviante, recogiendo selectivamente
los materiales de información acumulados, y elaborando
creativamente una estructura cognoscitiva superior”.
La pregunta ahora es cómo empezar y por dónde
encauzar esta labor de praxis. Lo primero es, como aconseja
la sabiduría popular, aprender de los errores
y fracasos.
Ya a comienzos del siglo XIX hay crónicas que
dan cuenta del fracaso o desviación de las experiencias
intentadas: aparición de conducciones autoritarias,
rebeliones internas, escisiones, falta de unidad y de
cooperación, actitudes egoístas tanto
individuales como colectivas, habladurías, discordias,
rivalidades, deserciones y traiciones. Es a comienzos
del siglo XX cuando la reflexión sobre este tema
adquiere mayor rango. El naturalista ruso Pedro Kropotkin,
en su fascinante libro de 1902 titulado El Apoyo Mutuo,
mostró restos de las antiguas formas de comunidad
en nuestra sociedad y a su lado ejemplos de solidaridad
actual, más o menos informes. Indicó que
el movimiento cooperativista moderno, que en sus orígenes
tenía esencialmente carácter de ayuda
mutua, ha degenerado a menudo en un “individualismo
de capital por acciones” y fomenta un “egoísmo
cooperativo”. En general, Kropotkin mostró
que las organizaciones sustentadas en la ayuda mutua
tienden, con el tiempo, a degradarse y aparecen en ellas
“excrecencias parasitarias que les eran extrañas”,
debido a lo cual estas mismas instituciones se transforman
en obstáculos para el progreso. La verdadera
tragedia de la historia consiste –para este autor-
en la triple lucha que se produce, dentro de las organizaciones,
entre:
a) Los protectores de lo existente,
b) Los rebeldes que, manteniendo los principios de ayuda
mutua, se empeñan en purificar las viejas instituciones
de los elementos extraños a ellas, o en elaborar
formas superiores de libre convivencia, y
c) Otros rebeldes que intentan destruir las instituciones
protectoras de apoyo mutuo a fin de imponer, en lugar
de éstas, su propia arbitrariedad, acrecentar
de este modo sus riquezas y fortificar su propio poder.
Algunos años después (1911) apareció
el libro Los partidos políticos, que lleva como
subtítulo: “Ensayo sobre las tendencias
oligárquicas de la democracia”. Según
su autor, Robert Michels, la democracia no se concibe
sin organización y la organización conduce
inevitablemente a la constitución de un grupo
dirigente separado de las masas. “Es la organización,
escribe, la que origina la dominación de los
elegidos sobre los electores, de los representantes
sobre los representados, de los delegados sobre quienes
les han otorgado su delegación. El que dice organización,
dice oligarquía”. Para él la causa
de este proceso es triple:
a) En primer lugar hay una causa técnica: la
imposibilidad “mecánica” de realizar
la democracia directa. La masa no puede ejercer directamente
el poder, tiene que entregárselo a una minoría.
b) Hay además una causa psicológica. Para
Michels las masas necesitan jefes que admirar, figuras
con las que puedan sentirse identificadas.
c) Por último, hay también una razón
intelectual: las condiciones de la gestión de
una organización y la participación en
las decisiones supone una competencia que la masa no
tiene.
A raíz de este estudio, se acuñó
la expresión: “Ley de hierro de formación
de oligarquías”.
Más o menos en la misma época, el sociólogo
alemán Max Weber, en un estudio que hizo del
desarrollo interno de la “comunidad minera”
–una asociación de producción de
los obreros mineros, en el medioevo alemán-,
mostró que en la primera época de ese
desarrollo se produjo una apropiación progresiva
de la mina por parte de los obreros y una progresiva
expropiación de los dueños. La asociación
se convirtió luego en directora de producción
y distribuyó el beneficio ateniéndose
en la medida de lo posible al principio de la igualdad.
Pero, luego se llegó a una diferenciación
entre los mismos obreros: los que acudieron después
a causa de la creciente demanda ya no eran admitidos
en la asociación, eran “no-compañeros”,
jornaleros; y el proceso de descomposición así
iniciado prosiguió hasta que elementos de intereses
puramente capitalistas penetraron en el personal de
la comunidad minera y el sindicato acabó convirtiéndose
en un órgano del orden capitalista que contrataba
a los obreros (semejanzas con evolución de algunos
kibutz).
Otro momento importante de reflexión lo encontramos
luego de la ola autogestionaria producida a raíz
de los acontecimientos del Mayo 68 en Francia. De hecho,
es a partir de esa experiencia, influenciada a su vez
por las experiencias yugoslava y argelina, que el término
autogestión se universaliza. En 1976 apareció
el libro La Autogestión, de Pierre de Rosanvallon,
en el que sienta las bases para su conceptualización:
a) La autogestión es un realismo democrático,
y se funda sobre un análisis de las dificultades
en el ejercicio democrático del poder. Su problema
es el de las condiciones de la democracia.
b) La autogestión se define como la apropiación
social de los medios de poder en la sociedad toda entera.
No se limita a la apropiación de los medios de
producción.
c) La autogestión es tanto una estrategia como
un objetivo. Propone una estrategia de apropiación
de los medios de poder. Permite superar la alternativa
reforma o revolución, definiendo una problemática
política de la experimentación social.
d) La sociedad política autogestora está
vinculada al desarrollo de un modo de producción
autónomo. Implica el reconsiderar la relación
entre la actividad económica y las demás
formas de actividad social.
Este autor inventa la expresión “entropía
democrática”, que entiende como “la
degradación de la ‘energía democrática’
en una estructura, proceso que osifica y formaliza una
democracia viva”. Como la autogestión es
concebida como práctica viva de una verdadera
democracia, la degradación de ésta es
cuestión que pone interrogantes demasiado grandes
como para no abordarla en profundidad. Más específicamente,
esta entropía se describe así: “el
grado de participación en las asambleas generales
que va descendiendo en el tiempo, la relación
entre representantes y representados que tiende a transformarse
en una relación entre dirigentes y dirigidos;
la autonomización progresiva del delegado que
se instituye en poder separado y poco controlable. La
entropía democrática cubre así
dos aspectos: la calidad de la representación
por un lado y la de la participación directa
por otro. El autor cuestiona el recurrir a la democracia
directa como solución, pues consigna que ella
sólo se puede dar en grupos pequeños o
en momentos fugaces. Lo que este autor considera propio
del concepto autogestionario es lo que llama una “democracia
de decisión”, lo cual implica una estructuración
con órganos separados, instituciones, una forma
de constitución, y una dialéctica masa-organizaciones
de masa.
La moda autogestionaria tiene su clímax en 1977.
Ese año se crearon el Centro Internacional de
Coordinación de Investigaciones sobre la Autogestión
(Cicra), en Francia, y el Instituto Intercultural para
la Autogestión y Acción Comunal (Inauco).
Siguiendo esta misma problemática, pero en un
nuevo nivel de análisis, apareció en 1982
el libro Formación de oligarquías en procesos
de autogestión, del sociólogo chileno
Darío Rodríguez. Este autor, siguiendo
las ideas del sociólogo alemán Niklas
Luhmann sobre teoría de sistemas, explica que
la formación de oligarquías o jerarquías
es el mecanismo que las organizaciones tienen más
a mano para reducir o manejar la complejidad del entorno
externo e interno. Es decir, de no mediar ningún
mecanismo alternativo para hacerse cargo de la complejidad,
el sistema “espontáneamente” tiende
a recurrir a la formación de oligarquías
o jerarquías. Ese descubrimiento lo llamaron
la Ley de la complejidad, y lo describen como un fenómeno
netamente sociológico, que trasciende las particularidades
culturales. Con esto se puede pensar en una analogía
con lo que la ley de gravitación universal es
para las ciencias físicas. Es una realidad que
no se puede abstraer a la hora de construir obras en
altura o aparatos para volar. El éxito no se
obtiene ignorando la fuerza de gravedad, sino que desarrollando,
mediante la ingeniería, las técnicas,
mecanismos y dispositivos que permiten “vencer
la gravedad”. De no incorporar la realidad de
las tendencias oligárquicas al mismo sistema,
mediante un proceso de re-entry, pasaremos eternamente
dándonos porrazos.
Paralelo a esta reflexión, el profesor Darío
Rodríguez nos advierte acerca de la importancia
del factor cultural como determinante de premisas decisionales.
En su estudio sobre la cultura organizacional del chileno,
concluye que ella se caracteriza por ser vertical, paternalista,
con tendencia a eludir las responsabilidades e individualista.
El origen de estos rasgos estaría en la larga
tradición de la hacienda y del sistema de inquilinaje,
que vertebró por varios siglos el quehacer del
país. Estas características idiosincráticas
de nuestros connacionales también deben ser incorporadas
a la hora de planificar procesos de tinte autogestionario.
Además, debemos ir hacia un análisis más
fino, que nos permita descubrir aspectos culturales
que posibiliten procesos autogestionarios, es decir,
soportes en donde apoyarse –reforzándolos-
para desde allí iniciar innovaciones.
Otro
debate en torno a la autogestión se produjo en
relación a la figura del Estado y de la economía
de mercado, y sobre las formas de propiedad más
adecuadas. Una conclusión provisoria es que el
ideal es la propiedad “social” de los medios
de producción, en la práctica deben experimentar
diversos tipos de propiedad. Razeto propone la propiedad
personal asociada o repartida, otros, la municipal.
Algunos se inclinan por la propiedad estatal con estatuto
de autonomía, o la propiedad externa del capital
pero también regida por un estatuto que garantice
la soberanía de los órganos autogestionarios.
El Estado, como paradigma jerárquico de estructuración
política, tiene una racionalidad distinta y contrapuesta
a la autogestión. Lo mismo puede decirse del
Mercado, definido como una particular institución,
forma o mecanismo de integración y coordinación
de la actividad económica. La lógica mercantil,
del valor de cambio, del dinero-mercancía, de
la guerra comercial, es disfuncional con la racionalidad
autogestionaria. Aunque las organizaciones democrático-solidarias
y los proyectos autogestionarios deben crear sus propios
y adecuados sistemas de integración económica
y estructuras políticas, es indudable que tendrán
que convivir con el Mercado y el Estado. Esta convivencia
será más favorable para la causa autogestionaria
en la medida que se logre democratizar y descentralizar
el Estado y que los mercados se acerquen lo más
posible a la “perfección” de que
hablan los economistas.
Por
último, algunos esbozos para hacer más
probables el surgimiento, consolidación y desarrollo
de las organizaciones democrático-solidarias
y de los procesos de inteción autogestionaria:
a) En el ámbito de la antropología, es
preciso estudiar las formas organizacionales pre-clasistas
o pre-patriarcales: sociedades, pueblos o tribus matricéntricas,
matrilineales, extinguidas o que sobreviven en remotos
lugares. Erich Fromm nos dice que estas agrupaciones
humanas tienen de común denominador: igual protagonismo
y valoración de hombres y mujeres, predominio
de propiedad comunitaria, inexistencia del matrimonio,
la mayoría del trabajo se realiza con métodos
asociativos (el trabajo asalariado es marginal), respeto
al medio ambiente y vínculos pacíficos
internos y con los vecinos. Estas afirmaciones han sido
corroboradas por investigadores como Humberto Maturana.
El antropólogo Pierre Clastres tiene interesantes
estudios sobre las sociedades que, aunque presentan
grados altos de complejidad, nunca llegaron a desarrollar
Estados.
b) Otra veta es analizar las manifestaciones existentes,
hasta las más diminutas o aparentemente insignificantes
de ayuda mutua y convivencia democrática: “mingas”,
organizaciones económicas populares, los beneficios,
etc. Luis Razeto teorizó sobre el fenómeno
producido en los sectores populares en la crisis de
comienzos de la década del ochenta.
c) Creación de tecnologías apropiadas
(organizacionales, de intervención social y medioambiental)
Iván Illich.
d) Elaboración de una teoría adecuada
(confrontación entre ideología, ciencias
y práctica). Experimentación y retroalimentación
con las ciencias sociales y humanas. Apoyo en Teoría
Organizacional comprensiva. Conceptualización
de las organizaciones como sistemas sociales compuestos
por decisiones, compromisos, conversaciones, comunicaciones
(Luhmann, Fernando Flores, teoría de sistemas,
de comunicación organizacional). Desde 1983 se
edita la Revista Iberoamericana de Autogestión
y Acción Comunal, cuyo director es Antonio Colomer.
En ella se ha ido configurando una multidisciplinaria
reflexión.
e) Estudios sobre el imaginario social y la realidad
simbólica: Cornelius Castoriadis, Amadeo Bertolo,
Félix Guattari.
f) Propuestas en torno a la Comunicación e información
social en función del cambio social. Armand Mattelart,
Manuel Calvelo.
g) Confección de un proyecto político
(“empoderamiento” – “poder popular”).
Conformación de alianzas y fijación de
estrategias. Asambleas zonales, foros ciudadanos, etc.
Teoría política comprensiva. Eduardo Colombo.
Acumulación de fuerzas. Capacidad negociadora.
Necesidad de las treguas.
h) Configuración de un sector de economía
social, con sistemas alternativos de producción,
distribución y consumo, de formas, mecanismos
o instituciones de integración de la actividad
económica que sean coherentes con la racionalidad
democrático-solidaria. Herkovitz, Francois Perroux,
Karl Polanyi, Michel Albert. Economía clásica
y liberal (Smith, Nash). Experimentación. Teoría
de los juegos. Hacia una teoría económica
comprensiva (Razeto) o de las necesidades (Max-Neef).
i) Implementación de metodologías de educación
aprendizaje permanente (Iván Illich, Paulo Freire).
j) Preparación de liderazgos apropiados (facilitadotes,
preactivos, promotores, catalizadores). ¿Qué
hacer con los dirigentes que ya cumplieron con sus cargos;
reciclaje?
k) Desarrollo de “resquicios legales”. El
armazón jurídico-legal, por provenir de
poderes del Estado –que tienen otra racionalidad-
nunca se ajustará exactamente a las necesidades
o intereses de la corriente democrático-solidaria.
Por lo tanto, es preciso crear “artimañas”
que permitan operar sin transar los principios. Para
esto, hay que partir por diferenciar claramente entre
orgánica y personalidad jurídica.
l) Aportes de la Sicología social y comunitaria.
Adentrarse en el Análisis institucional o Socioanálisis:
Rene Lourau, Pierre Ansart.
m) Propuestas desde la Ecología social: Murray
Bookchin. Comunalismo o municipalismo libertario.
n) Creación de mística, espíritu
(Gustav Landauer). Relación con conceptos de
Utopía e Ideales (metáfora del horizonte,
de las figuras matemáticas de línea, punto
y límite).
