Eduardo Galeano
Agricultura, subsidios y salud
Hace cuatro años, el periodista Richard Swift
llegó a los campos del oeste de Ghana, donde
se produce cacao barato para Suiza. En la mochila,
el periodista llevaba unas ba-rras de chocolate. Los
cultivadores de cacao nunca habían probado
el chocolate. Les encantó.
Los
países ricos, que subsidian su agricultura
a un ritmo de mil millones de dólares por día,
prohíben los subsidios a la agricultura en
los países pobres. Cosecha récord a
orillas del río Mississippi: el algodón
estadounidense inunda el mercado mundial y derrumba
el precio. Cosecha récord a orillas del río
Níger: el algodón africano paga tan
poco que ni vale la pena recogerlo.
Las
vacas del norte ganan el doble que los campesinos
del sur. Los subsidios que recibe cada vaca en Europa
y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero
que en prome-dio gana, por un año entero de
trabajo, cada granjero de los países pobres.
Los
productores del sur acuden desunidos al mercado mundial.
Los compradores del norte imponen precios de monopolio.
Desde que en 1989 murió la organización
Interna-cional del Café y se acabó el
sistema de cuotas de producción, el precio
del café anda por los suelos. En estos últimos
tiempos, peor que nunca: en América Central,
quien siembra café cosecha hambre. Pero no
se ha rebajado ni un poquito, que yo sepa, lo que
uno paga por beberlo.
Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los
hambrientos comen basura en los basurales; los gordos
comen basura en McDonald´s.
Desde
que China se abrió a esta cosa que llaman "economía
de mercado", el menú tra-dicional de arroz
con verduras ha sido velozmente desplazado por las
hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más
remedio que declarar la guerra contra la obesidad,
convertida en epidemia nacional. La campaña
de propaganda difunde el ejemplo del joven Liang Shun,
que adelgazó 115 kilos el año pasado.
Trabajo
y bienestar.
A
primera vista, parece incomprensible, y a segunda
vista, también: donde más progresa el
progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad
por exceso de trabajo conduce a la muerte. En japonés
se llama karoshi.
Ahora
los japoneses están incorporando otra palabra
al diccionario de la civilización tecnológica:
karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad,
cada vez más frecuentes.
En
mayo de 1998, Francia redujo la semana laboral de
39 a 35 horas. Esa ley no sólo resultó
eficaz contra la desocupación, sino que además
dio un ejemplo de rara cordura en este mundo que ha
perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿para
qué sirven las máqui-nas, si no reducen
el tiempo humano de trabajo?
La tecnología produce sandías cuadradas,
pollos sin plumas y mano de obra sin carne ni hueso.
En unos cuantos hospitales de Estados Unidos los robots
cumplen tareas de en-fermería. Según
el diario The Washington Post, los robots trabajan
24 horas por día, pero no pueden tomar decisiones,
porque carecen de sentido común: un involuntario
retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.
Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para
acabar con los incendios fores-tales, no fue comprendido.
El presidente parecía un poco más incoherente
que de cos-tumbre. Pero él estaba siendo consecuente
con sus ideas. Son sus santos remedios: para acabar
con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente;
para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo
hasta hacerlo puré.